Nacidos para correr

Vuelvo a leer Nacidos para correr, el maravilloso libro de Christopher McDougall. Ya he perdido la cuenta de las veces que lo he leído.

Se ha hablado mucho de este libro, siempre comentarios enfocados a destacar las cualidades excepcionales de los tarahumaras para correr largas distancias, la figura cautivadora de Caballo Blanco, las bondades de correr descalzo o hacerlo con huaraches. El propio McDougall, apodado el Oso, da nombre a uno de los modelos de huaraches de la marca Luna Sandals, justo el modelo que os muestro más abajo y que tengo la suerte de disfrutar.

Pero el libro también es una fuente de conocimiento científico acerca del por qué corremos, de ahí le viene el título al libro.

Se dedican algunos capítulos a describir cómo en las universidades de Utah y Harvard, en el último cuarto del siglo pasado, llegaron a la conclusión de que evolucionamos para correr. El hecho de que no fuéramos veloces había alejado siempre los focos de la ciencia de investigar este aspecto evolutivo de nuestra especie.

Libro y huaraches Luna Sandals Oso

Y es que, efectivamente, no somos veloces, somos resistentes. Somos la especie más eficiente que existe cuando se trata de recorrer largas distancias, y eso nos convirtió en el cazador más letal de la sabana. En Prescott (Arizona) se celebra anualmente una carrera de 50 millas que enfrenta a hombres contra caballos; pues bien, casi todos los años ganan los hombres a los caballos.

Son varias las evidencias evolutivas que nos clasifican más como una especie corredora que caminadora; las más destacadas son nuestros pies, con un arco plantar para amortiguar el aterrizaje y dedos cortos para facilitar el despegue; un músculo glúteo potente para estabilizar la caída hacia delante; poderosos tendones de Aquiles, que almacenan energía y la liberan haciendo nuestra zancada económica y eficiente; el ligamento nucal, que estabiliza nuestra cabeza si corremos deprisa. Todas estas características son propias de animales corredores, por lo que no nos dan ninguna ventaja evolutiva con respecto al resto.

No somos los corredores más eficientes en largas distancias por lo visto hasta ahora. Esa gran ventaja viene de la mano de nuestra posición erguida y la gran densidad de glándulas sudoríparas que tenemos repartidas por toda la superficie de nuestra piel. El resto de animales tienen que disipar el calor producido por la carrera por su boca, con cada respiración. En nuestro caso disipamos el calor por toda la superficie de nuestro cuerpo.

Pero hay más. Para producir la energía necesaria que nos permita correr largas distancias se necesita oxígeno. Tanto animales como nosotros lo captamos a través de la respiración. Y también en eso sacamos mucha ventaja al resto. Todos los animales cuadrúpedos solo pueden realizar una respiración completa por zancada, ya que todo el paquete abdominal se desplaza en cada una de ellas presionando los pulmones y obligando a expulsar el aire. En nuestro caso, no. Nuestra respiración no está condicionada por nuestra zancada y somos capaces de dar varias con cada inspiración.

Estas cualidades nos permitían dar caza a grandes cuadrúpedos, persiguiéndolos y forzándolos a dar tantas arrancadas que caían exhaustos por la subida de su temperatura corporal, mientras nosotros aún permanecíamos “frescos”. Aún existen tribus que practican este tipo de caza y se muestran en el libro, pero mejor que os motivéis con su lectura.

Hoy día nuestro cerebro no nos obliga a correr porque no es necesario para conseguir alimento y su función, al fin y al cabo, es ahorrar energía para garantizar la supervivencia. Pero nuestros genes son los mismos de hace cientos de miles de años, no han cambiado, y esperan de nosotros que salgamos a correr para desarrollar su potencial de mantenernos fuertes y sanos; pero los estamos silenciando.

Solo con salir a trotar o correr de forma habitual nos quitaríamos de encima buena parte de las enfermedades crónicas que asolan nuestra civilización y devolveríamos la salud a nuestro cuerpo. Merece la pena intentarlo.